A las dos de la tarde, Callejero todavía era un horario. En el team back repasamos quién iba a hacer cada cosa, qué entrevistas necesitábamos, qué equipo llevaba cada quien y a qué hora tenía que ocurrir todo. Mi rol ese día era producción: controlar el tiempo, cuidar que no se nos fueran las prioridades de la cobertura y resolver lo que cambiara sobre la marcha.
Aunque la cobertura era para clase, llegué con una costumbre que ya conozco de Storytellers: primero hay que mirar qué está pasando antes de decidir qué vale la pena encuadrar. Esta vez no buscábamos solamente imágenes bonitas del evento. La pregunta era otra: qué cambia cuando una calle pensada principalmente para los automóviles se devuelve, aunque sea por unas horas, a las personas.
A las cinco comenzó Callejero. Primero llegaron grupos pequeños, luego más familias, estudiantes, vecinos, personas con perros y visitantes. Poco a poco dejó de sentirse como una calle cerrada y empezó a sentirse como un lugar al que la gente había ido para quedarse.
En esa edición participaron más de 64 emprendimientos locales, además de propuestas gastronómicas y actividades. Hubo presentaciones del Ballet Folklórico y de la Gran Orquesta del Municipio de Monterrey, retas de fútbol, adopción responsable de mascotas y talleres. Desde producción, el reto era no convertir todo eso en una lista: cada elemento debía mostrar cómo estaba siendo usada la calle.
En una cobertura es fácil perseguir lo más vistoso. Sin embargo, empecé a fijarme en cosas pequeñas: personas conversando en un espacio por el que normalmente pasarían vehículos; gente que regresaba sobre sus pasos sin preocuparse por cruzar rápido; grupos que simplemente permanecían ahí.
Las entrevistas pusieron palabras al contraste. Jaime Cano Rodríguez recordó que cuando llegó a Monterrey en 2003 podía circular con mayor facilidad. Carolina Valencia Segura explicó que caminar implica encontrarse con banquetas rotas, huecos, rampas, basura o plantas que ocupan el paso. En Callejero, por unas horas, el pavimento ya no era un espacio del que hubiera que apartarse.
Eso no significa que cerrar una calle un domingo al mes resuelva los problemas de movilidad. Una activación temporal no arregla banquetas rotas, no reduce por sí sola los tiempos de traslado ni sustituye decisiones de infraestructura. Lo que sí hace es permitir una comparación concreta: Junco sigue siendo la misma calle; lo que cambia por unas horas es la forma en que se distribuye y utiliza.
Nos fuimos antes de que Callejero terminara. Más tarde se desmontarían los puestos, terminaría la música y la calle volvería a abrirse al tránsito. Nada en el pavimento habría cambiado permanentemente. Pero durante esas horas sí cambió la manera de ocuparlo: una calle en la que, por una tarde, la gente no estaba tratando de pasar rápido. Estaba ahí porque quería quedarse.

